Semana I - Cuaresma 2026

Lectura del santo evangelio según san Mateo (4,1-11):

EN aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

Palabra del Señor

Reflexión

En la mirada de San Juan Eudes, el cristiano no es alguien que simplemente admira a Jesús, sino alguien que debe "continuar y completar" la vida de Jesús. El desierto de Mateo no es solo un lugar geográfico; es el espacio interior donde el Espíritu nos lleva para que el "hombre viejo" muera y Jesús pueda nacer plenamente en nosotros.

El tentador dice: "Di que estas piedras se conviertan en panes". Para San Juan Eudes, el mayor peligro es buscar nuestra propia satisfacción fuera de Dios. Jesús responde que vivimos de la "Palabra".

Desde la espiritualidad eudista, esto significa que Jesús es nuestro verdadero Pan. Eudes nos invita a "comer" sus sentimientos, sus deseos y su voluntad. La tentación de convertir piedras en pan es la tentación de vivir una vida puramente humana, horizontal y material. La respuesta de Jesús nos llama a la Adoración: reconocer que nuestra única necesidad real es que el Corazón de Jesús palpite en el nuestro. Si tenemos su Palabra, tenemos la Vida.

"Tírate abajo...". El diablo propone el espectáculo, el éxito fácil, el uso de Dios para nuestra propia gloria. San Juan Eudes luchó toda su vida contra la soberbia de los clérigos y fieles, proponiendo en cambio la Humildad de Jesús.

Para un eudista, tirarse del alero del templo es buscar ser "alguien" por cuenta propia. San Juan Eudes nos diría: "No busques que los ángeles te sostengan para ser admirado; busca que el Espíritu te sostenga para ser servidor". El Corazón de Jesús es manso y humilde; la tentación se vence cuando renunciamos a nuestra propia imagen para que solo brille la imagen del Hijo de Dios en nosotros.

"Todo esto te daré, si te postras y me adoras". Esta es la lucha definitiva por el Reino. El mundo ofrece poder, posesión y control. Pero el lema eudista es: "¡Viva Jesús!".

San Juan Eudes nos enseña que solo hay un trono legítimo: el Corazón. Adorar a Dios y solo a Él (como responde Jesús) es el acto supremo de la espiritualidad eudista. Significa que Jesús debe ser el Rey y Centro de nuestro corazón, de nuestras familias y de la sociedad. Ceder a la tentación del poder es poner un ídolo en el trono que le pertenece a Cristo. Vencer esta tentación es decir con San Juan Eudes: "Señor, no quiero nada para mí, lo quiero todo para Ti".

El Evangelio termina diciendo que "se acercaron los ángeles y lo servían". Cuando dejamos que Jesús venza las tentaciones en nosotros, experimentamos la paz del Reino.

La espiritualidad eudista nos recuerda que nosotros estamos "en estado de misión". Este desierto nos prepara para ser buenos operarios del Evangelio. No podemos formar a Jesús en los demás si primero no hemos permitido que Él venza al "yo" egoísta en nuestro propio desierto.

Propósito de la semana

Vivir el Evangelio como un proceso continuo de encarnación de Jesús en nosotros, permitiendo que su Corazón, su Palabra y su Humildad venzan nuestro 'yo' egoísta en el desierto interior, para que Él sea el único Rey y centro de nuestra vida, y así podamos ser verdaderos instrumentos de su misión en el mundo.