Semana II - Cuaresma 2026
Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Palabra del Señor
Reflexión
San Juan Eudes nos enseña que la vida cristiana consiste en "continuar y completar la vida de Jesús". Para ello, es necesario subir a la "montaña alta". En el lenguaje eudista, esta montaña es el recogimiento interior. Jesús lleva a sus discípulos "aparte", porque el Corazón de Jesús quiere hablar a nuestro corazón sin el ruido del mundo.
La Transfiguración nos recuerda que no podemos ser "operarios del Evangelio" si no tenemos momentos de contemplación profunda. Subir al monte es permitir que el Espíritu Santo nos mueva de nuestra zona de confort para mostrarnos quién es Jesús realmente: no solo un maestro, sino el Hijo Amado en quien reside toda la plenitud.
Dice el Evangelio que el rostro de Jesús "resplandecía como el sol". San Juan Eudes tenía una devoción especial por el Corazón de Jesús como un horno ardiente de amor. En la Transfiguración, lo que vemos es el fuego interior del Corazón de Cristo desbordándose hacia el exterior.
Para un eudista, este pasaje es una invitación a la comunión de vida. Así como los vestidos de Jesús se volvieron blancos, nosotros, por el bautismo, hemos sido revestidos de Cristo. Eudes nos diría: "Mirad este rostro y dejad que su luz queme vuestras sombras". El propósito de nuestra vida es que, al final, cuando el mundo nos mire, no nos vea a nosotros, sino que vea el resplandor de Jesús en nuestras acciones, palabras y sentimientos.
Pedro dice: "¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas". Es el deseo humano de retener el consuelo espiritual. Sin embargo, la espiritualidad eudista es profundamente misionera y activa. San Juan Eudes advirtió siempre contra una piedad que se queda encerrada en el templo.
Jesús no permite las tiendas porque Él mismo es la "tienda" (el Tabernáculo) que debe caminar con nosotros. El consuelo de la montaña no es para quedarnos allí, sino para fortalecernos para el camino hacia el Calvario. Un eudista sabe que "el buen uso del tiempo" y la entrega a los demás son la verdadera forma de adorar, no el éxtasis egoísta.
La voz del Padre desde la nube da un mandato único: "Escuchadlo". Para San Juan Eudes, escuchar a Jesús no es solo oír palabras, es "comer" su voluntad. Él nos invita a decir: "Señor, no quiero tener más voluntad que la tuya".
Escuchar al Hijo Predilecto significa que su Corazón debe ser el oráculo de nuestra vida. Si el Padre se complace en el Hijo, nosotros nos hacemos agradables al Padre en la medida en que dejamos que el Hijo viva y reine en nosotros. La Transfiguración es la confirmación de que el camino de la cruz (que Jesús venía anunciando) es el camino de la gloria.
Al final, los discípulos caen por tierra llenos de miedo. Jesús se acerca y los toca. Este gesto es puramente eudista: la cercanía de la humanidad de Jesús. San Juan Eudes amaba la "infancia" y la "entrega" de Jesús, recordándonos que Él es un Dios que se deja tocar y que nos levanta.
Al alzar los ojos, "no vieron a nadie más que a Jesús, solo". Este es el culmen de la vida espiritual según Eudes: Jesús debe ser nuestro TODO. Que al final de nuestras luchas, de nuestras oraciones y de nuestros desiertos, no queden nuestros proyectos, ni nuestras glorias, ni nuestros miedos, sino Jesús solo.
La Transfiguración es el "laboratorio" donde se forma el misionero. Bajamos del monte no como quienes vieron un espectáculo, sino como quienes llevan el fuego en las venas. San Juan Eudes nos diría que ahora nosotros somos el rostro de Cristo para los que sufren, los que están en la oscuridad y los que no conocen el amor de Dios.
Propósito de la semana
Buscaré un momento de silencio para "mirar a Jesús solo", renunciando a mis deseos de figurar o de buscar consuelos pasajeros, pidiéndole al Espíritu Santo que transfigure mi mal carácter o mi egoísmo en gestos de caridad, para que otros puedan ver un destello de su luz a través de mi servicio
