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5 de mayo de 2026San José, modelo predilecto de santidad
En el curso de la historia, la Iglesia como madre y maestra se ha abocado a la gran tarea de presentarnos el testimonio de los santos, como modelos de vida cristiana; manifiestos para el mundo de que la santidad no es un llamado para unos pocos sino una vocación universal que el Señor en su amor y providencia dispone para todos sus hijos. En efecto, se trata de hombres y mujeres de diversa clase y condición que, en medio de sus realidades, por amor a Dios se han dispuesto a escuchar su voz y a conjugar el trabajo con la gracia, poniendo en manifiesto disposiciones, virtudes y obras de un alma que sea ha dejado modelar por la gracia al punto de llegar a ser en cada ambiente, relación y circunstancia, lámparas de Dios para el mundo.
Esta visión de la vida cristiana encontró un eco fundamental en el pensamiento de San Francisco de Sales en el siglo XVII con su obra Introducción A La Vida Devota, donde promovió la conciencia de que la santidad, no es propiedad exclusiva de la jerarquía o de monjes y ermitaños. Refiriéndose a la devoción como puente necesario para alcanzar la santidad, entiende esta como una caridad fervorosa que transforma el día a día en una ofrenda a Dios, subrayando que esta disposición fruto del amor divino, ha de armonizarse con la vocación y el estado de vida de cada fiel en particular.
Por su parte, San Juan Eudes en su obra: Vida y reino de Jesús en las almas cristianas, afirma que: “ser cristiano y ser santo es la misma cosa”, en efecto la vida de aquel que ha sido renovado en Cristo, por las aguas del bautismo, ha de permanecer en un continuo vivir y obrar en Dios; su principal preocupación ha de ser formarlo y establecerlo dentro de si y hacer que allí viva y reine. En suma, dirá el Padre Eudes: “Se trata, en una palabra, de que Jesús viva en nosotros, que en nosotros sea santificado y glorificado, que en nosotros establezca el reino de su espíritu, de su amor y de sus demás virtudes”.
Dentro del horizonte de los modelos de santidad, destaca una figura que, después de Jesús y María, se erige como el más santo entre los santos y custodio de la santidad misma: San José. Definido por la tradición como varón prudente y justo, José es el guardián de ese misterio de vida interior que San Juan Eudes tanto exhorta a cultivar.
De San José nos dice la escritura era un hombre justo (Mt 1, 19), una justicia que no se limita a la observancia rigurosa de la ley; por su proceder previo al nacimiento de Cristo, se convierte en signo anticipado del don de la gracia que pronto habría de manifestarse plenamente en favor de toda la humanidad. Así, su figura se alza como el puente ideal entre el rigor de la Ley del Antiguo testamento y la plenitud de la gracia del Nuevo. De este misterio nos dirá el doctor boca de oro, San Juan Crisóstomo:
Su conducta se levanta ya por encima de la ley. Y es que, habiendo venido la gracia, tenían que darse ya muchos signos de vida más elevada. A la manera que el sol, cuando no ha mostrado aún su disco, ya alumbra con su luz la mayor parte de la tierra, así Cristo, que estaba para levantarse como un sol del seno de su madre, antes de salir, ya había iluminado toda la tierra.
San José, reconociendo su pequeñez y fragilidad humana, ante la noticia de que María estaba embarazada, procedió desde la prudencia y abandono en el Señor. Como humano que era si bien quedó confundido ante el hecho del embarazo de María, lleno de Dios como era y conociendo a su prometida, habiendo sido él, testigo de su fidelidad y eximia virtud, no fue capaz de asumir que su caso se tratase de una consecuencia de infidelidad. Fue en ese detenerse, no dejándose vencer por el temor y la incertidumbre, que se hizo disponible a la providencia paternal de Dios, que por medio del ángel le revelaría que el niño que nacería de María su esposa, era obra del cielo.
En un mundo movido por el impulso que lleva muchas veces al desacierto en las decisiones y el egoísmo que da lugar a la indiferencia y falta de apertura a la realidad, el testimonio de San José nos anima a afrontar nuestras situaciones desde la humildad, la prudencia y el abandono en Dios.
Su vida nos revela una actitud necesaria: El detenerse en medio de las circunstancias para disponer el corazón al Don de Dios. En efecto, San José, se toma tiempo para escuchar y luego obrar desde la divina voluntad. Así, habiendo acogido con generosidad la verdad manifestada por el ángel, asume su misión con prontitud; poniéndose en camino para recibir a María como esposa y abrazar, con entrega absoluta, su rol como padre adoptivo del Salvador (Mt 1, 18 – 25).
Al acoger con generosidad el don de la vocación, la paternidad, el matrimonio y el trabajo, San José se nos muestra como auténtico modelo de masculinidad. Su fuerza no radicó en la opresión y en la dureza, sino en el servicio y custodia del pequeño Jesús, Dios encarnado y de su esposa la Virgen María.
Como hombre de Dios, aún medio de la incertidumbre que llegó a experimentar en su corazón ante tan alta misión, en su obediencia, obtuvo de Dios la gracia, la fuerza y determinación necesaria para acompañar a aquel que hace crecer, alimentar a aquel que es el pan de vida y salvar aquel que se encarnó para dar la salvación al mundo.
En su rol de esposo, San José nos ofrece un testimonio de respeto, ternura, servicio, de amor puro y casto en su trato y entrega a aquella mujer que desde pequeña por amor a Dios consagro su virginidad; haciéndonos ver que un amor genuino, un amor que tiene como centro a Dios, más que en sentimientos, se ha de afirmar con la voluntad, en entrega, atención, respeto, pureza y sobre todo, en la conformidad con la voluntad de Dios.
Este testimonio de entrega se traslada también a la cotidianidad del taller, deja entrever que la auténtica devoción y el espíritu de oración, ha de brillar no solo en la quietud, sino en el ofrecimiento a Dios de la labor cotidiana asumida con responsabilidad, amor y diligencia.
San José es el testimonio de que todos, animados por la gracia y en un encendido amor a Dios, en respuesta confiada, obediente y generosa al Señor, podemos corresponder fielmente al don de la vocación y al llamado a la santidad; llegando a ser, aún en medio de las limitaciones y circunstancias, eficaces instrumentos en su obra y de tal modo, lámparas de Dios en medio del mundo, ahí donde Dios nos llama, ahí, en nuestra cotidianidad.
En definitiva, en San José, encontramos un modelo ideal de santidad a la que la Iglesia nos convoca: una fe que no se queda en la abstracción, sino que se encarna en el deber cotidiano y en el ofrecimiento de cada acción, cada obra, cual oblación agradable a Dios.
Pidamos, pues, al Señor que, animados por el modelo de este humilde carpintero y auxiliados por su poderosa intercesión, respondamos cada día con generosidad y prontitud a la voluntad divina, a fin de que se cumpla en nosotros el sueño de Dios, tal como se realizó en este justo y casto varón.
Amemos a Jesús por sobre todas las cosas. Amemos a María como nuestra Madre, pero también, ¿cómo podríamos no amar a José que estuvo tan íntimamente unido a Jesús y a María? ¿Y cómo podríamos honrarlo de mejor manera que imitando sus virtudes? Ahora bien; ¿qué más hizo durante toda su vida sino contemplar, estudiar, y adorar a Jesús, incluso en medio de sus labores cotidianas? Vean, pues, a nuestro modelo. (Santa Magdalena Sofía Barat)
Escrito por Carlos Granados, Candidato Eudista




